Soy una oficial. Desde niña solo quise comandar, ser importante, aunque eso me llevara a ser odiada. Crecí entre risas y tristezas, fui rechazada por la escuela, pero no me bastó y decidí pagar, ajustar y sobornar, porque quería ser oficial.
Ingresé, y solo aprendí a ser castigada, y a castigar con la misma vara con la que me midieron. Debo obediencia a un sistema que sé que está podrido, a unos generales más corruptos que yo, a un ministro que no sabe qué hacer con una sociedad que día a día mata un poco más en cada extorsión.
¿Vivo tranquila? No lo sé. Porque aprendí que tranquilidad es ascender. Mi alegría va acorde al grado. Y como por el momento soy más coronel que general, más general en mi unidad que ministro, entonces vivo feliz y dichosa.
¿Por qué tanta alegría? Porque mientras mis subordinados dan su vida por la institución en diferentes áreas y grados, yo como parrilla y bebo vino tinto con los jefes que no conozco ni quiero conocer. Pero si no rindo pleitesía, me tildan de malagradecida por tantas sonrisas y favores que les debo y que me deberán a mí.
Entonces mando a cocinar esa carne, a traer al cantante Beto Domínguez de la Peña del Sabor Norteño, y sonrío. Brindo mientras veo las caras de cansancio de mis subordinados ingresar por la puerta trasera, mientras yo sigo sonriendo de forma falsa, para que de aquí a tres años pueda ascender y quizás, tal vez, llegar a ser más general que estos ignorantes a los que yo llamo comando de élite.
Deja un comentario