Soy una oficial.
Desde niña solo quise comandar, ser importante, aunque eso me llevara a ser odiada.
Crecí entre risas y tristezas, fui rechazada por la escuela,
pero no me bastó y decidí pagar, ajustar y sobornar,
porque quería ser oficial.


Ingresé, y solo aprendí a ser castigada,
y a castigar con la misma vara con la que me midieron.
Debo obediencia a un sistema que sé que está podrido,
a unos generales más corruptos que yo,

a un ministro que no sabe qué hacer
con una sociedad que día a día mata un poco más
en cada extorsión.

¿Vivo tranquila? No lo sé.
Porque aprendí que tranquilidad es ascender.
Mi alegría va acorde al grado.
Y como por el momento soy más coronel que general,
más general en mi unidad que ministro,
entonces vivo feliz y dichosa.

¿Por qué tanta alegría?
Porque mientras mis subordinados dan su vida
por la institución en diferentes áreas y grados,
yo como parrilla y bebo vino tinto con los jefes
que no conozco ni quiero conocer.
Pero si no rindo pleitesía, me tildan de malagradecida
por tantas sonrisas y favores que les debo
y que me deberán a mí.


Entonces mando a cocinar esa carne,
a traer al cantante Beto Domínguez de la Peña del Sabor Norteño,
y sonrío.

Brindo mientras veo las caras de cansancio
de mis subordinados ingresar por la puerta trasera,
mientras yo sigo sonriendo de forma falsa,
para que de aquí a tres años pueda ascender
y quizás, tal vez, llegar a ser más general
que estos ignorantes
a los que yo llamo comando de élite.


POR: Eva Maria Sagasti Mercier
Posted in

Deja un comentario