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    17 de Enero del 2025

    Confesión de Kalezy Azumi

    Entro a mi cuarto oscuro. Otra noche más. Son la 1:00 a. m. y recién termino de trabajar. Estoy tan cansada que no puedo encender la luz ni cambiarme. He tomado un par de copas de vino; quizá por eso me siento un poco más relajada. Llevo un vestido negro sencillo —pegado al cuerpo, de tirantes finos— y unos tacones que ya me pesan como plomo. Dejo caer la espalda contra la pared y me deslizo hasta quedar sentada en el suelo. Las piernas me tiemblan; se rinden poco a poco.

    Pienso en este país. Se llama Reck Block. Nací aquí el 17 de Enero del 2005. Dicen que hace cien años una bomba nuclear cambió el ecosistema para siempre. No sé si sea verdad, pero lo cierto es que el cielo casi nunca deja ver el sol. Vivimos en una penumbra constante: doce días de nubes y neblina, y sólo dos días de un sol tropical que recuerda que alguna vez existió el verano.

    Vivo en Koala Numbus, la capital. Es una ciudad inmensa y elegante, dominada por una élite que decide quién sube y quién se hunde. Corporativa, vertical, plagada de oficinas y sedes de empresas nacionales y extranjeras. Aquí todo huele a negocio. La bebida que más ves en los tratos es el Licor Lucké, hecho a base de nabo; te emborracha rápido si no sabes tomarlo. En las plazas y parques, desde las seis de la tarde, brotan fuentes de agua multicolor como espectáculos de luz y música. Entre ellas se levantan estatuas inspiradas en el Renacimiento, pero con rasgos que recuerdan a la India: hombres de cabello larguísimo, mujeres escasas, siempre cubiertas, talladas en cristal blanco que por la noche se ilumina con colores eléctricos.

    Los rascacielos dominan el horizonte. Son gigantes de acero templado, reforzados con sistemas sísmicos para resistir los temblores. Sus fachadas de vidrio brillante cambian de color por la niebla que cubre la ciudad desde las 8:00 p. m. hasta las 9:00 a. m. Uno de los más famosos es la Nikai Tower, sede de las empresas más influyentes. En el piso cincuenta y siete trabajaba mi padre.

    Aquí la belleza es moneda. Las cirugías son baratas, casi ceremonia hacia la adultez. Tu aspecto abre o cierra puertas laborales. La discriminación, el sexismo, el clasismo… todo eso es cotidiano. Ser idealista es casi un lujo peligroso. Y yo, que sueño con ser actriz de teatro o cine independiente, vivo en constante choque con esa realidad. Estudió literatura y artes escénicas en la Universidad de Bellas Artes y Humanidades Legado Rosso & Noir de Reck Block, y cada gasto — matrícula, materiales, transporte, comida — es una lucha que solo puedo sostener porque trabajo … en la agencia Velur, donde alquilo mi compañía para eventos y reuniones privadas. Es un trabajo discreto, bien pagado, pero también es una jaula: saben demasiado sobre nosotras, y una vez que entras, salir es casi imposible.

    Aquí ser mujer significa estar en peligro constante: miradas que te desnudan, comentarios que te marcan, toques furtivos, acoso. No hace falta que te violenten físicamente; basta con cómo te miran para recordarte que tu cuerpo no te pertenece del todo.

    Mi padre, Eugenio Azumi, desapareció hace once años, el día de mi cumpleaños número nueve, un día como hoy. Salió a trabajar y nunca volvió. Quizá me abandonó. Quizá prefirió el calor de otra mujer antes que cuidar de su hija. Entonces no entendí, pero los años de ausencia te enseñan algo: en esta ciudad todo tiene precio, y todo cuerpo puede volverse mercancía. No hablo solo de prostitución, sino de una cultura que aprendió a vender la belleza en cada espacio: trabajo, marketing, relaciones. Aquí el talento no basta; debes ser estéticamente valiosa.

    Mi madre lleva diez años en coma. Y yo solo he aprendido a comprar tiempo: tiempo para que siga respirando, tiempo para no perderla del todo.

    Y mientras trabajo, mientras sonrío para clientes que no conocen mi historia, un pensamiento se me clava como aguja: ¿cómo puedo permitirme amar aquí? En Koala Numbus, amar es entregarle al sistema tu punto más débil. Si alguien te quiere, puede usar ese amor contra ti; si tú amas, puedes perderlo todo. A veces sueño con un amor real, de esos que ves en películas viejas: pasión, complicidad, un refugio en medio del caos. Pero la realidad me recuerda que aquí el amor puede ser otro modo de control, otra deuda más que pagar.

    Me quedo en el suelo, con la cabeza agachada y el cabello rubio cayéndome sobre el rostro. En la oscuridad, apenas iluminada por la luz que entra desde los faroles de la calle, lloro. Llorar no me hace menos fuerte. Me hace humana. Y hoy estoy agotada. Todo cansa. Todo duele. Todo hostiga.

    —Perdóname… por favor, perdóname… — susurro entre sollozos —. Lo siento tanto…
    Mamá … estás en coma y yo no puedo hacer nada más por ti. Solo intento comprar un poco más de tiempo … aunque ya casi no me quede esperanza de volver a escucharte.

    Mi voz se quiebra. Mi llanto rompe el silencio del edificio y se pierde en la niebla que cubre Koala Numbus. Afuera, una mujer que pasa por la calle se detiene. No me conoce. No sabe quién soy. Solo siente ese dolor denso, oscuro, que parece chuparte el aire y hacerte olvidar por un instante quién eres y a dónde ibas.

    POR: Eva Maria Sagasti Mercier

  • Soy una oficial.
    Desde niña solo quise comandar, ser importante, aunque eso me llevara a ser odiada.
    Crecí entre risas y tristezas, fui rechazada por la escuela,
    pero no me bastó y decidí pagar, ajustar y sobornar,
    porque quería ser oficial.


    Ingresé, y solo aprendí a ser castigada,
    y a castigar con la misma vara con la que me midieron.
    Debo obediencia a un sistema que sé que está podrido,
    a unos generales más corruptos que yo,

    a un ministro que no sabe qué hacer
    con una sociedad que día a día mata un poco más
    en cada extorsión.

    ¿Vivo tranquila? No lo sé.
    Porque aprendí que tranquilidad es ascender.
    Mi alegría va acorde al grado.
    Y como por el momento soy más coronel que general,
    más general en mi unidad que ministro,
    entonces vivo feliz y dichosa.

    ¿Por qué tanta alegría?
    Porque mientras mis subordinados dan su vida
    por la institución en diferentes áreas y grados,
    yo como parrilla y bebo vino tinto con los jefes
    que no conozco ni quiero conocer.
    Pero si no rindo pleitesía, me tildan de malagradecida
    por tantas sonrisas y favores que les debo
    y que me deberán a mí.


    Entonces mando a cocinar esa carne,
    a traer al cantante Beto Domínguez de la Peña del Sabor Norteño,
    y sonrío.

    Brindo mientras veo las caras de cansancio
    de mis subordinados ingresar por la puerta trasera,
    mientras yo sigo sonriendo de forma falsa,
    para que de aquí a tres años pueda ascender
    y quizás, tal vez, llegar a ser más general
    que estos ignorantes
    a los que yo llamo comando de élite.


    POR: Eva Maria Sagasti Mercier