Todos nosotros, como seres humanos, somos Catedrales vivientes.
Estructuras diseñadas —por la genética, la evolución o quizás por un Dios que aún no comprendemos— para sostener la complejidad de lo que somos: materia, emoción y fe.
Somos cuerpos erigidos en un mundo tridimensional, con muros invisibles donde resuena lo que aprendimos de quienes nos formaron: padres, madres, maestros, parejas, líderes, instituciones. Ellos fueron los primeros sacerdotes de nuestro templo interior.
En cada uno de nosotros hay un altar.
A veces lo ocupa un santo, otras veces un deseo.
Allí reposan los ídolos que elegimos —o que nos impusieron—: el éxito, el amor, el cuerpo, el dinero, la aprobación.
Rendimos culto a lo que nos hace sentir parte de algo, incluso si eso nos consume.
Somos Catedrales perfectamente defectuosas: bellas en la imperfección, erosionadas por el tiempo, pero aún en pie.
Cada decisión, cada herida y cada pensamiento es un vitral que deja pasar una luz distinta.
Por eso, cuando el mundo intenta controlarnos con sus iglesias, dogmas o sistemas, lo hace porque teme la fuerza de nuestro libre albedrío.
Teme que descubramos que dentro de cada uno hay una fe más antigua que cualquier religión:
la fe en uno mismo.
— Eva María Sagasti Mercier

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